INDIGNADO ACTIVISTA, REBELDE SOLAR Y RADICALMENTE DEMOCRÁTICO

miércoles, 27 de mayo de 2020

SEAMOS ABEJAS


(Publicado en La Voz del Sur el 14 de mayo de 2020)

Esta es la verdadera historia de cómo se produce el cambio de lugar de un enjambre de abejas, tal y como los estudios científicos han demostrado, y así se relata en la serie Cosmos, de donde está basado este artículo.

Las abejas pueden hacer precisos cálculos matemáticos para encontrar la flor que le alimente mejor, y han creado un lenguaje para comunicarse basado en movimientos precisos y certeros, que utilizan para informar a las demás exactamente dónde se encuentra el alimento, utilizando al Sol como brújula.

Y ese mismo lenguaje lo utilizan en sus debates políticos para la toma de decisiones por consenso.

En momentos en los que nuestras democracias pasan por un delicado momento y se sostienen por una fina cuerda, echar un vistazo al trabajo en una colmena no es baladí.

La colmena no establece jerarquías, la reina no es una monarca absolutista, su papel es meramente reproductivo y cualquier abeja hembra, y la mayoría los son, puede ascender al trono con la comida adecuada.

Cuando la temperatura aumenta y los árboles empiezan a florecer, transfiere su cetro a una nueva generación de reinas, cosa que ocurre al final de la primavera o principios de verano, cuando la mitad de las abejas de la colmena están más inquietas y sienten que deben abandonar la colmena madre y crear otra nueva.

Pero se necesita valor para irse de casa y lanzarse a lo desconocido, por tanto la búsqueda del nuevo hogar se torna en un ejercicio arriesgado, y para ello las abejas tienen un protocolo.

Las exploradoras inician las misiones de reconocimiento analizando los árboles del bosque en un radio de 5 km para establecer el mejor lugar para su nuevo hogar, asegurarse que dispone de las dimensiones exactas de altura, anchura y profundidad, es fundamental para que en el siguiente invierno no muera la colmena completa.

Cuando vuelven todas las exploradoras, las abejas celebran su asamblea anual, cada exploradora presenta sus argumentos a favor del mejor sitio que ha descubierto, usando su lenguaje del movimiento para promocionar el hogar que ha elegido entre las demás.
Cientos de exploradoras promocionan su lugar preferido, por lo que al principio hay división de opiniones ya que cada participante atrae a su propio grupo de seguidoras.

En nuestras conferencias políticas las personas suelen mentir, nos presionan apelando a nuestros miedos, a nuestros enemigos y la búsqueda constante de culpables, pero las abejas no se pueden arriesgar a eso, ellas al igual que nosotros, saben que el futuro depende de ver la realidad tal como es, pero por alguna razón a los humanos se nos manipula y engaña fácilmente, las abejas sin embargo tienen que ajustarse a los hechos, deben ser precisas, sin alabanzas en exceso, actúan como si comprendieran que la verdad importa, que no se puede engañar a la naturaleza, algo que no se estila en nuestras decisiones políticas como especie.

Se ha descubierto recientemente que cada abeja exploradora tiene un hogar ideal en mente, como nos pasa a los humanos, por eso las demás exploradoras del enjambre no se fían a pies juntillas y van a ver el lugar para realizar un estudio independiente, el escepticismo en este caso es un mecanismo de supervivencia.

El resto de exploradoras, si el nuevo hogar propuesto es óptimo, se añaden a la que dio las coordenadas precisas, y vuelven al enjambre para indicar con sus movimientos que es idóneo. Así las exploradoras son las primeras que llegan a un consenso, realizando todas al unísono el mismo baile, intentando con ello convencer al resto del enjambre.

Sin engaños ni violencia, sin acuerdos fraudulentos, teniendo la supervivencia como objetivo primario, diciendo siempre la verdad, todas las exploradoras realizan la misma danza, y en ese momento el enjambre completo se traslada de un solo viaje al nuevo hogar.

Quizás debamos replantearnos, si somos la especie dominante en este planeta, cual debe ser nuestro modelo de sociedad, nuestros valores fundamentales y cómo gestionar nuestra relación con el resto de especies y naturaleza, para conseguir que al menos, seamos una de sus especies en el futuro.









jueves, 7 de mayo de 2020

Renta Básica Universal e Incondicional


(Publicado en La Voz del Sur el 23 de abril de 2020)

Mucho se lleva hablado de la propuesta estrella del gobierno para “combatir”, lenguaje bélico que tanto me disgusta, la emergencia social producida por COVID19.

Esa “cooperación” (me gusta más este término) entre Estado y ciudadanía confinada sin acceso al empleo, bien por despidos y autónomos de baja previos al suceso, parados de larga duración, y otra infinidad de supuestos, se van a ver compensados por algo llamado Ingreso Mínimo Vital.

¡¡Qué bien!!...o quizás no tanto.

Mucho llevo comentado en artículos previos, sobre las propuestas que desde EQUO Verdes tenemos para hacer frente al colapso social que se intuye, y una de las que he repetido en varias ocasiones es la instauración de una Renta Básica Universal Incondicional.

Muchos autores llevan años explicando minuciosamente en qué consiste, cual sería su cuantía, cómo se abordaría el proceso y la cuantía de su puesta en marcha, pero en este artículo voy a intentar explicar sin profundizar, los conceptos de tal propuesta.

Renta, como bien indica la palabra, es una asignación dineraria que toda persona recibiría mensualmente.

Básica, el objetivo es cubrir las necesidades primarias de toda persona, techo, suministro de agua, alimentación y energía.

Universal, incluye a todas las personas que vivan en el lugar de su implantación.

Incondicional, no tiene en cuenta parámetros económicos, familiares, ni de ningún otro tipo.

Llegados aquí el lector seguro tendrá preguntas, sobre su cuantía unitaria, su método de implantación, el coste presupuestario, etc, pero la pregunta clave es, ¿La Renta Básica Universal Incondicional es una prestación más?

Y la respuesta clara es NO, no se trata de las obligaciones que como país firmante de la Carta Social Europea tenemos adquiridas para erradicar la pobreza, y que sistemáticamente se están derivando hacia las comunidades autónomas para la gestión e implantación de la Renta Mínima, ni tampoco la propuesta del gobierno atiende a dicho requisito con el Ingreso Mínimo Vital, porque toda prestación no contributiva (como es el caso) contiene varios errores de concepto, no cubre el riesgo de pobreza, su gestión burocrática es interminable por adolecer el sistema de funcionariado suficiente para cumplir los plazos de respuesta que la propia administración regula por ley (en Andalucía se están gestionando ahora las solicitudes ¡¡de junio 2019!!), estigmatiza a quienes lo solicitan debiendo demostrar fehacientemente que son pobres dentro de los pobres, y excluye a los perceptores de los subsidios de la posibilidad de encontrar un empleo, precario y temporal en la mayoría de los casos, que les excluiría automáticamente de las ayudas concedidas sine die.

Entonces si la RBUI no es una prestación no contributiva, ni un subsidio, ni una ayuda, ¿qué es? Es un DERECHO que como tal debe desarrollarse en ese entorno.

Como Renta que es debe abonarse mensualmente en la cuenta de la persona, como es Básica debe establecerse una cuantía que podría ser la actual base que regula los subsidios (el 80% del congeladísimo IPREM) o bien un 75% del SMI (cifra que estaría más cercana al objetivo firmado en la Carta Social Europea), como es Universal todas las personas tendrían el mismo derecho al igual que tenemos el derecho a una sanidad pública que nos atienda desde el nacimiento hasta el fallecimiento, y como es Incondicional la cobrarían los ricos, los pobres, los de en medio, altos y bajos, rubios o morenos.

Al ser un Derecho evitamos las situaciones antes mencionadas con el actual (y parece futuro cercano con el Ingreso Mínimo Vital) sistema de subsidios, nadie tiene que demostrar que es pobre, se acaban mecanismos clientelares desde los gobiernos, desaparecen las interminables jornadas y horas de trabajo de los funcionarios gestionando documentos que pueden aprovechar a realizar otras tareas necesarias en la administración, y termina la disyuntiva entre la búsqueda activa de empleo versus el cobro del subsidio porque ambos son compatibles y suman a la ecuación final generando una vida más digna.

Quizás si ha llegado el lector hasta aquí podrá seguir pensando que es inasumible para las arcas del Estado, para lo cual le conmino a leer cualquier artículo de Daniel Raventós, y verá que es económicamente posible, si lleva aparejado un profundo cambio en la fiscalidad claro, porque resulta evidente que el presupuesto asigando debe salir de algún lugar.

Pero no se preocupe el lector, la RBUI es un factor positivo económicamente al 70% de la población, un 20% se quedaría igual y un 10% (todo ello cifras aproximadas leyendo a varios autores) son los que contribuirían más a su implantación, pero al fin y al cabo, ¿No nos dijeron que vivimos en una sociedad progresiva fiscalmente, y que el que más tiene más debe aportar?

En mi opinión la voluntad política es la clave en la implantación de una Renta Básica Universal Incondicional, porque las partidas presupuestarias ¡están para hacer política señoras y señores!

No había dinero para sanidad pero sí lo había para rescatar al sector financiero, hay dinero para comprar material bélico pero no para material sanitario, es falso, hay presupuesto para lo que se quiere desarrollar, y se demuestra en esta crisis, si hasta las reglas de gasto público ¡se han disuelto en el café de Bruselas!

Imaginen que la sanidad no es un derecho, sino una prestación, usted llega al médico y en vez de preguntarle qué le ocurre empieza a preguntar si está activo laboralmente, si no lo está cual es su situación en el SAE, si está de alta en una prestación contributiva (cobrando paro o pensión), o bien en una asistencial ( subsidio, Renta Mínima, Renta Activa de Inserción, pensión no contributiva), o directamente no está (economía sumergida), y a partir de ahí, antes de atenderle le solicita documentación fehaciente de su “status”, para saber qué tipo de pruebas médicas tiene cubiertas y cuáles no, y además le invita a esperar en su domicilio la respuesta de la administración en un par de meses, para que dependiendo de su situación, le prescriba un analgésico, una radiografía, o un examen completo.

Esto es lo que ocurre cuando se convierte un derecho (vivir una vida digna) en una mercancía de clientelismo político.

Las grandes crisis como la actual son momentos de oportunidad, y son también momento para las grandes decisiones. Implantar ahora un sistema de Renta Básica Universal Incondicional supondría completar el sistema de protección social en España, eliminando costes burocráticos, garantizando una renta para todos los hogares, y lo más importante, pensar que la protección social debe dejar de tener un enfoque asistencial y pasar al de los derechos, un salto cualitativo más que cuantitativo.


domingo, 3 de mayo de 2020

CÓMO PASAR DE LA AMENAZA A LA OPORTUNIDAD, READAPTEMOS EN VERDE LA SOCIEDAD

(Publicado en La Voz del Sur el 9 de abril de 2020)

Mis dos últimos artículos se basaban en la conveniencia de repensar el modelo de sociedad que nos ha traído hasta aquí, y observar desde la reflexión cómo podríamos evitar volver a la anormalidad anterior y conseguir un equilibrio con la naturaleza como seres ecodependientes que somos, y fortalecer nuestra empatía con los demás como seres interdependientes que también somos, consiguiendo establecer unos lazos que nos hagan más resilientes ante las siguientes amenazas que están frente a nuestro horizonte cercano, la crisis económica, energética, ecológica y climática.

Sigamos avanzando en su desarrollo, ya que en mi opinión, si ahora caminamos sendas inexploradas, el próximo otoño, allí por octubre o noviembre, andaremos aún más perdidos si no tomamos buena cuenta, ya que el virus para entonces, habrá dado la vuelta al invierno del hemisferio sur, con pocos tratamientos ni hospitalizaciones en regiones con sistemas sanitarios públicos muy mejorables, y con millares de contagiados más en el planeta.

Si las curvas de contagio en el hemisferio sur se disparan en su invierno, nos deberían alertar y prepararnos para ello. Para entonces el conocimiento del virus será mayor, los medicamentos para atenuar sus efectos también, quizás (aunque lo dudo) tengamos ya una vacuna, todo ese escenario de investigación que se está desarrollando a marchas forzadas sin duda nos tendrá mejor preparados, doy por descontado que los presupuestos para la sanidad pública aumentarán, y se dotará con más medios técnicos y humanos que provean de una respuesta mejor y más ágil ante cualquier nueva mutación que pueda de nuevo convertirse en seria amenaza sanitaria, en la segunda ola de la pandemia.

En este posible escenario, la vuelta a la normalidad que tanto se augura y desea por la ciudadanía y los poderes políticos y económicos, no sólo se convierte en quimera, sino que además no es en absoluto deseable, sobre todo a corto plazo, ya que el levantamiento de ciertas medidas de contención y confinamiento, además de producirse de manera muy gradual en el tiempo, con muchas medidas paralelas de control, dejará restringidos los vuelos durante el verano, tanto de entrada y salida, los puertos y puestos de control aduaneros, el comercio internacional e incluso los desplazamientos fuera de nuestros domicilios pero dentro del país, estarán o deberán de estar muy acotados, si no queremos que la segunda ola sea aún peor que la primera.

Por tanto impulsar mecanismos que no sólo sirvan como receta coyuntural, sino que desarrollen un cambio estructural que ofrezca respuestas en el presente, pero sobre todo en el futuro cercano y no tan cercano, es la gran oportunidad y enorme responsabilidad que tenemos ahora mismo Verdes EQUO.

Siempre bajo el prisma de la readaptación verde de la sociedad que contiene la premisa inicial de mejorar la sociedad entre seres ecodependientes e interdepedientes, va a implicar de inmediato otra manera de gestionar los recursos económicos, energéticos, materias primas, residuos, mano de obra, industria, investigación. educación y formación, desde una perspectiva ecológica, feminista y pacifista de todos ellos, aunando voluntades que cuidando de las personas ponga la vida en el centro, toda la vida, y desde la colaboración y la equidad, sostenga en equilibrio el reparto de empleo, de los recursos, del capital y de la producción, de la naturaleza y biodiversidad, desde el presente hacia el mañana, por tanto valorizar el legado que ofrecemos a las siguientes generaciones, es también obligado y para ello crear el ministerio de las generaciones futuras es un buen ejemplo al que acogernos, ministerio por donde todas las medidas del resto deberían pasar antes de elevarse a rango de ley, medida que debe replicarse en las competencias autonómicas con la creación de una Consejería de similar grado, que evalúe por ejemplo, los efectos del decreto ley que la Junta de Andalucía en pleno confinamiento ha aprobado, cambiando 21 leyes y 6 decretos, anulando requisitos, estudios previos, impactos ambientales, licencias de obras, de un sinfín de actividades empresariales, que van en dirección opuesta a las Directivas Europeas y a los acuerdos firmados por el estado español en la COP21 de París.

La instauración de la Renta Básica Universal es elemento indispensable en la soberanía económica y un ladrillo fundamental que construyen un sólido muro de resiliencia, entendida como un derecho ciudadano que cubra los mínimos vitales que necesita una persona, reconociendo aquellas labores de cuidados que son tan necesarias como poco reconocidas monetariamente, ofreciendo a las personas una libertad de elección en la actividad laboral sin estar condenadas a la sumisión de contratos precarios o labores que destruyen medio ambiente y seres vivos (incluido el ser humano), proporcionando tiempo vital para desarrollarnos en plenitud desempeñando tareas poco reconocidas en ámbitos profesionales como el arte, música, pintura, escultura, escritura, y cambiando el paradigma actual de la acumulación infinita, por el de la austeridad (no el falso austericidio invocado en 2008) dentro de un sistema planetario y biodiverso finito.

Además las actuales ayudas, subsidios, becas, y demás, conllevan en la práctica un ingente trabajo de gestión en las administraciones que se ahorraría de manera inmediata con la Renta Básica Universal, a la par que evita la inevitable picaresca para ser concedidos por aquellas personas solicitantes que se encuentren en los umbrales límite en los que se encorsetan legislativamente.

Transitar desde una ayuda económica vista bajo el prisma de limosna, al concepto derecho universal, mejoraría tanto su eficacia como su gestión.
Vivir mejor con menos, pero siempre con lo indispensable cubierto, un cambio estructural posible desde la situación coyuntural presente.

Si ello es importante, estamos viendo que la soberanía energética es otro ladrillo que construye fortalezas para aguantar los embates de las crisis, máxime con los precios del petróleo por los suelos, precursores de una crisis de escasez energética este verano.

Por ello impulsar desde las administraciones la creación de una enorme red distribuida de producción energética en nuestros tejados, aprovechando nuestros recursos naturales renovables, se antoja urgente y necesario.

Cada día que pasa sin instalarse esa red, se pierde energía, empleo y se malgastan recursos importando gas y petróleo que podrían dedicarse para subvencionar el nuevo modelo energético limpio, saludable, barato y eficiente que necesitamos y que proporciona empleo local en su desarrollo y mantenimiento.

En paralelo la creación de empleo en el sector de la construcción consiguiendo que nuestros edificios sean más eficientes y necesiten menos energía para estar calientes en invierno y frescos en verano puede generar nuevos nichos de autónomos y Pymes.

Es el momento del cambio del tejido productivo, de los empleos verdes y dignos, de la defensa de los circuitos cortos de producción y consumo que nos vacunen contra nuevas crisis, y llenen la España vaciada de agroganaderos ecológicos y extensivos que nos alimenten, y que a través de la PAC se fortalezca la soberanía alimentaria local frente a las enormes distancias que ahora recorren nuestros alimentos en pos de una mayor productividad y beneficios económicos para unos pocos que encima no cultivan nada.

También, en el ocaso del monocultivo del turismo, que tardará y mucho en llegar a las cifras previas a la crisis sanitaria, si es que llega algún día, deben aparecer empleos locales en diferentes áreas,

Desde la minería urbana que extraigan valiosos recursos de los aparatos que ya no se puedan usar, la reparación de todo tipo de bienes de consumo para alargar su vida útil acabando por ley con la obsolescencia programada, el aprovechamiento de nuestros residuos orgánicos a través del compostaje, aminorando con ello las tasas de basura de los contribuyentes que más y mejor separen, así como replantear los huertos urbanos en todas las zonas verdes de nuestras ciudades, como antídoto local y saludable a los mercados de alimentación lejanos, en muchos casos con sustancias desconocidas en sus alimentos, y en otros prohibidas en Europa.
Además poner en marcha a nivel nacional un sistema de retorno de envases es urgente para aprovechar materias primas que ya no podrán ser producidas a millones a diario.

El consumo del agua es crucial ante la siguiente crisis que se avecina, y ningún gobierno podrá decir que no supo adelantarse a los acontecimientos por súbitos y desconocidos, de hecho la comunidad científica lleva 30 años alertando de las consecuencias del cambio climático, y la falta de recursos hídricos es unánime en su seno y sus recomendaciones de eficiencia y aprovechamiento máximo en la gestión, depuración y uso circular de los terciarios, mantenimiento de caudales saludables en ríos y lagos, y calidad del recurso evitando depositar residuos sin depurar en sus cauces.

Sin embargo seguimos apostando por el regadío de manera intensiva incluso en áreas de secano, desecamos acuíferos incluso en zonas con máxima protección administrativa como las Tablas de Daimiel y Doñana, y mantenemos la venda en los ojos promocionando el cuidado de césped en urbanizaciones, campos de golf, parques públicos y rotondas por toda Andalucía.

El cambio de movilidad se antoja así mismo urgente repensar, no es posible seguir moviendo vehículos, materias primas, bienes elaborados y personas como si no hubiera un mañana. Las limitaciones de movimiento deben tener la contrapartida con más y mejor transporte público, asequible, con mayor frecuencia y más recorridos, la red ferroviaria convencional debe ser el punto de partida para muchos desplazamientos, los trenes de cercanías, así como el cabotaje entre ciudades litorales con barcos, y por supuesto, viajar en vehículo privado deberá realizarse con las plazas ocupadas, al menos dos.

Y devolvamos el espacio a los peatones y bicis en las ciudades, a los niños y niñas, para jugar y hacer deporte, donde convivir será mejor sin humos ni ruidos, ayudando a conocernos más y mejor y por tanto ser más resilientes como comunidad. Las calles ahora vacías de vehículos son más humanas, mantengamos ese estatus en algunas una vez pase el confinamiento, y ayudemos con ello al pequeño comercio local que subirá las ventas de manera automática en las zonas peatonalizadas como ya ha ocurrido donde se ha llevado a cabo.

Todo ello genera empleo local y nos ayuda a combatir la gran ola de la crisis climática, tsunami que llegará con mayor o menor virulencia dependiendo de las acciones que ahora llevemos a cabo.

Todo lo anterior conlleva un enorme cambio en la fiscalidad, porque no sólo basta con que aporte más quien más tenga, sino que se acabaron condonaciones de impuestos a través de SICAVs, de paraísos fiscales y contabilidades paralelas, de mecanismos de descuentos en seguros sociales sólo para grandes empresas, de impuestos de sociedades menores que para las rentas del trabajo, de vista gorda en delitos ambientales permanentes y continuados…

Propuestas para vivir mejor con menos, de una manera más cercana, colaborativa, igualitaria, empática.

Todas las tardes a las ocho, se demuestra que juntos y juntas somos más fuertes, resistentes, felices, y que en momentos de amenaza, la solidaridad es una cualidad humana que florece y se arraiga.

Preparémonos para un mundo nuevo, seamos actores y actrices principales de esta readaptación verde de nuestra sociedad.

jueves, 30 de abril de 2020

VOLVER A LA NORMALIDAD, ¿ES LO MAS NORMAL?

(Publicado en La Voz del Sur el 26 de marzo de 2020)

En estos momentos en que todos los esfuerzos se centran en atender a la salud de las personas, no está de más recordar de dónde venimos, y porqué, aún siendo bueno el sistema sanitario español, no está mejor preparado.

De aquellos lodos en forma de recortes, a golpe de decretos, leyes y (des)regulaciones, desde el cambio del Art 135 de nuestra “inviolable” Constitución en agosto de 2011, con la receta de privatizaciones en los sectores públicos, llegan estos barros en forma de falta de camas hospitalarias e insuficientes medios materiales y humanos en la sanidad pública, y Ertes enviando al desempleo a trabajadores de la sanidad privada por falta de demanda sanitaria en estos días.

Una vez más observamos el ya famoso ejercicio de la socialización de pérdidas frente a la privatización de los beneficios, junto a la no menos célebre frase de “son los mercados, amigo”.

Distopía cruel hecha realidad, para todos aquellos que apostaron y siguen apostando (que es lo peor) por el sálvese quien pueda,…, en diferido. Y tienen encima la poca desvergüenza de pedir más recursos, ahora que no les llega la camisa al cuello.

Andalucía que sigue el mismo dictado político que España hace 9 años, deberá reflexionar al respecto, y pedir responsabilidad a quién realmente la tiene, y algo de autocrítica, tampoco estaría de más...creo.

Decíamos la semana pasada que vivimos momentos de clara amenaza, pero que también son momentos de enormes oportunidades que debemos saber aprovechar.

En estos días transcurridos desde mi anterior artículo, se han realizado anuncios muy parecidos por parte del gobierno de España y otros estados, de la Comisión Europea, del BCE, del FMI, con un denominador común en todos ellos, “se va a combatir esta crisis con todo lo que haga falta, cuándo haga falta y dónde haga falta”.

Y ese “todo lo que haga falta”, ha venido acompañado de declaraciones, cada cual mas millonaria que la anterior (ya he perdido la cuenta de la suma de todas ellas), sobre las cantidades de dinero que se van a poner en manos de las personas más vulnerables primero, de la ciudadanía, de pymes y empresas, de entidades financieras y de todo aquel que las requiera.
Ya no hay regla de gasto, ni obligación de cumplir porcentajes del déficit, ni cortapisas para aumentar la deuda (que ya era una obligación de pago para las generaciones venideras y las que ellas engendren), ahora, de repente, todos los organismos y sus herramientas se ponen y disponen al servicio de una vuelta a la normalidad urgente.

Pero, ¿qué significa volver a la normalidad?

No soy de dar demasiadas cifras pero me parece esta vez indispensable.

Más de cuatro millones de muertes prematuras anuales en 2019 en todo el mundo, estuvieron relacionadas directamente con la contaminación ambiental, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).
El voraz impacto de la sequía, combinado con persistentes conflictos bélicos, llevará según el Programa Mundial de Alimentos de la ONU durante el 2020 (antes de la irrupción del coronavirus), a situaciones de hambruna al menos a 50 millones de personas y ha elaborado una lista sobre “los puntos críticos del hambre” que requerirían una respuesta de la comunidad internacional para evitar muertes, de más de 10.000 millones de dólares (comparen con las cifras presentadas al rescate de nuestras economías) para financiar las operaciones en un total de 80 países.

Enfermedades como el cólera se llevaron la vida de 3000 personas en 2019, el sarampión otras 140.000, la malaria sesgó la vida de 405.000 almas y la diabetes produjo en 2015 1,6 millones de muertes y 2,2 millones en 2012, todos datos de la OMS.

Lo de las guerras es ya punto y aparte, porque además de ser difíciles de cuantificar sus bajas, por datos sesgados de muchas noticias, el sufrimiento es doble por el número de desplazados hacia campos de refugiados, que hace mucho sobrepasaron sus límites por todo el planeta.

No sé si volver a la normalidad conllevaría el aumento de esta casuística de datos, de lo que estoy seguro es que la destrucción ambiental debe contribuir en su medida, para volver a dicha normalidad.

Los millones de hectáreas incendiadas en 2019 en todo el mundo que generaron en 2019 un total de CO2 equivalente a 19 veces las emisiones totales de España en un año, destruyendo ecosistemas y vida salvaje en el Amazonas, Australia, Siberia, California y un largo etcétera de regiones del mundo, parecen ya olvidados.

Las inundaciones por doquier, la DANA que apagó la vida del Mar Menor, el aumento de frecuencia y virulencia de huracanes y temporales, deben ser parte de esa “normalidad”.

Las miles de hectáreas de selvas destruidas para el monocultivo de la palma, cuyo aceite nos alegra el paladar en occidente, debe continuar tragando más selva para continuar la “normalidad” de nuestros alimentos.

El millón de especies en peligro de extinción anunciado en 2019, que incluye a nuestras queridas abejas, maltratadas por herbicidas químicos utilizados en la industria que nos alimenta, debe estar dentro de lo “normal” para nuestros gobiernos.

Los 33 millones de euros en sanciones a España por verter aguas sin depurar en nuestros ríos y mares, ya es algo “normal”, que duda cabe.

Podría seguir con múltiples ejemplos de lo que hemos considerado normal durante décadas, pero si para algo debe servir esta crisis sanitaria es para reflexionar sobre la crisis de la sociedad en su conjunto, acostumbrada a acaparar recursos, destruyendo personas y naturaleza.

Si una gran enseñanza nos proporciona esta crisis es que el sistema capitalista cuando funciona devora recursos naturales destruyendo nuestro soporte vital, y cuando no funciona destruye personas y empresas.

Hay otra manera de gestionar nuestra sociedad, desde una perspectiva ecológica de la economía, que cuidando de las personas ponga la vida en el centro, toda la vida, y desde la colaboración y la equidad, sostenga en equilibrio el reparto de empleo, de los recursos, del capital y de la producción.

domingo, 26 de abril de 2020

CUANDO ACABEMOS CON EL VIRUS, RECONSTRUYAMOS OTRO MODELO DE SOCIEDAD, ES NUESTRA ÚLTIMA OPORTUNIDAD

(Publicado en La Voz del Sur el 19 de marzo de 2020)

Hace dos semanas hablábamos del virus del miedo al diferente, al que no se conoce y del virus de la insolidaridad que recorre nuestra sociedad.

15 días después nos hallamos ante una situación que nos desborda, que ha llegado de repente sin ser apercibidos, cuyos efectos siquiera vislumbramos, y que en el presente nos mantiene confinados en nuestras casas, alejados físicamente los unos de los otros, con curvas de contagio que se duplican cada tres días, y tenemos miedo,…, a lo desconocido, a ese virus diferente, somos humanos y es normal.

Sin embargo los mensajes en redes sociales de personas anónimas, de personajes conocidos, desde los gobiernos territoriales, estatales y mundiales, en nuestros aplausos a los héroes y heroínas cada noche, una frase destaca entre todas, sólo unidos conseguiremos vencer al enemigo, sólo desde la cooperación seremos más fuertes.

Estamos librando una batalla, pero que no sólo tiene un frente abierto, ni siquiera aunque ahora nos lo parezca, el coronavirus es la amenaza mayor a la que nos enfrentamos.

El cambio de paradigma del individualismo a la cooperación es intrínsecamente un buen aliado, el mejor, un paso firme para cambiar el paso, aunque hayamos tenido que sufrir ahora aquí, los efectos que millones de personas llevan décadas sufriendo allí.

Es innegable que la colaboración es un arma que nos hace más fuertes, nunca antes llevada al extremo actual, pese a los graves problemas de salud relacionados con el cambio climático que expertos y científicos vienen relatando e informando desde hace más de 30 años. 

Por ejemplo el dengue que afectó en 2019 a casi tres millones de personas en América del Sur, matando a más de 1.250 personas.

La hambruna endémica en muchas zonas de África, no ha recibido en décadas la solidaridad y cooperación como bandera para la cura de su “mal”, en 2019 unos 22 millones de personas en el Cuerno de África padecieron de una elevada carestía de alimentos por el cambio climático que arruinó sus cosechas.

La ONU ha dicho alto y claro que el cambio climático es más mortal que el coronavirus.

El gobierno español ha adoptado una serie de medidas sin precedentes, nadie puede quedar atrás en este momento de incertidumbre, y en las medidas anunciadas por el gobierno, falta una apuesta decidida por impulsar mecanismos que no sólo sirvan como receta coyuntural, sino que desarrollen un cambio estructural que de respuesta en el presente, pero sobre todo en el futuro, a esa generación de jóvenes que ahora se solidarizan con nuestros mayores quedándose en casa, y que deben obtener respuesta a su petición de un futuro digno y con las mismas oportunidades para disfrutar del planeta que disfrutó nuestra generación.

Una renta básica incondicional que asegure un techo, una oportunidad de subsistir sin empleo, que permita además poder tomar elecciones vitales sin la espada de la pleitesía o la miseria en ambos filos.
Asegurar a través de las prestaciones por desempleo el 70% de los sueldos por causa de los miles de Ertes, no va a ser suficiente para muchas familias.

Eso significa ingresar en torno a 800 € mensuales, que deberían ser aumentadas con la renta básica. Lo mismo para autónomos, cuyos pequeños negocios cerrados merecen la renta básica como ciudadanos, más la excepción de pagos de impuestos y cuotas de manera retroactiva desde la declaración del estado de alarma del 13 marzo.

Y sobre los alquileres, llamar a la colaboración entre arrendadores y arrendatarios está muy bien, pero mejor sería que aquellos fondos buitre, y el conjunto del sector financiero inmobiliario, colaboren y por obligación devuelvan al estado aquellos préstamos que De Guindos ya dio por regalados de nuestros impuestos en el famoso “no” rescate financiero en diferido...casi 70.000 mill de €, que vendrían muy bien ahora. La SAREB, aquel famoso "banco malo" debería ser intervenida y funcionar como agente liquidador, en este caso a favor del estado.

Dejar sin efecto el pago de hipotecas en casos de necesidad, buena medida, pero sin condonar ni un céntimo de la deuda, es una patada adelante y una soga al cuello cuando se decida que deben pagarse varias cuotas mensuales hipotecarias juntas.

Lo mismo con los suministros básicos, cuando las empresas eléctricas, por poner un ejemplo, tienen beneficios mil millonarios, deberían aportar en estos momentos, condonando facturas sine die...al igual que el sector de telecomunicaciones, único cordón umbilical que nos mantiene unidos dentro de la separación forzosa decretada.

Y del cambio del tejido productivo, de los empleos verdes y dignos, de la defensa de los circuitos cortos de producción y consumo que nos vacunen contra nuevas crisis, ni una palabra.

O remamos más fuerte y más rápido, o esta "patera" no llega a puerto con todos sus ocupantes indemnes.

Un hecho muy positivo para hacer efectivos los cambios necesarios y urgentes que se necesitan, es que se ha demostrando que en situaciones límite, los gobiernos son capaces de habilitar medidas excepcionales que afectan al día a día, aplicando medidas que en circunstancias normales serían impensables de aplicar.

Esto es un aliciente para los que llevamos una década reclamando acción política para afrontar la emergencia climática, para la que será sin duda necesario implementar nuevas medidas extraordinarias para evitar el colapso del sistema. 

Y pongo el ejemplo de una amenaza muy cercana que se debe a la situación de los bajos precios del petróleo.
Hoy 18 marzo 2020, en que escribo este artículo, el barril de crudo Brent ha cerrado por debajo de 25 dólares el barril, tras la guerra impuesta por Arabia Saudí y Rusia frente al resto de productores. En octubre 2018, hace año y medio, su precio llegaba a 86 dólares el barril.

Esta situación va a acelerar el descenso de producción a nivel mundial, de manera drástica e irremediable, dado que los costes de extracción y producción son en la mayoría de los casos superiores a dichos 25 dólares por barril.

Ello va a suponer que a la salida de esta crisis sanitaria, nos adentremos en otra, una nueva crisis del petróleo que esta vez será permanente, porque una vez se intente volver a la supuesta y utópica normalidad del crecimiento infinito, los pocos barriles extraídos al día, que ahora son suficientes con las economías mundiales prácticamente paralizadas, cotizarán a partir del verano a precios inasumibles para economías muy maltrechas que intentan salvar a sus conciudadanos con fuertes inyecciones de capital y avales públicos.

Para cuando se quieran poner en marcha de nuevo los pozos ahora cerrados, las arenas bituminosas en Canadá, o el gas de fracking norteamericano, nadie podrá extraerlo porque las empresas estarán todas arruinadas.

El escenario al que nos dirigimos entre ambas crisis para 2021 será de elevado desempleo de manera estructural, escasez de energía y de materias primas, comenzando así una nueva etapa de la Historia, la del decrecimiento que ya hemos iniciado, a la que cuando antes empecemos a adaptarnos mejor nos irá.

Por ello es irremediable cambiar de rumbo y girar 180º, poniendo la vida, las personas, la biodiversidad y el planeta por delante de todo lo demás, de manera urgente, valiente y decidida, tanto o más como se ha abordado la declaración del estado de alarma.

Vivir mejor con menos, nuestra última opción.

jueves, 23 de abril de 2020

VIRUS, AMENAZA Y OPORTUNIDAD


(Publicado en La Voz del Sur el 12 de marzo de 2020)

Las amenazas suelen ser el principio de grandes oportunidades de cambio, o todo lo contrario, pueden sumirnos en una densa niebla que dure décadas de marasmo.
También son buenos momentos para reflexionar como gestionamos nuestra sociedad.

Por ejemplo, esta crisis sanitaria nos debe servir para repensar si apostamos por un sistema sanitario privado, que no atiende la salud de las personas sino sólo sus intereses económicos, o bien apoyar, sin contar décimas de deuda ni de duda, a una mejor cobertura sanitaria pública, con más medios técnicos y humanos, ahora desbordados por los recortes de décadas pasadas.

Si cada vez somos más población, y en España más envejecida por nuestra pirámide inversa demográfica, parece palmaria que la apuesta debe ir en un sentido de aumento de plazas en hospitales, de presupuestar más gasto en cuidados, de cuidar mejor a nuestros profesionales sanitarios, y no todo lo contrario, como se ha hecho hasta ahora.

Las personas afectadas por el coronavirus sólo pueden acudir a centros públicos, tengan o no cobertura privada, porque ésta no atiende casos en pandemias, ni de terrorismo, ni de guerras, ni de nada que esté exento en la póliza suscrita que haga mermar sus beneficios, lo que nos lleva a ver hospitales públicos atestados, donde se suspenden las citas y operaciones del resto de afecciones, y hospitales privados vacíos, que digo yo, algo deberían aportar dado que se llevan parte de nuestra carga impositiva de regalo.
Evidentemente si algo no funciona bien ni cumple las expectativas debería simplemente desaparecer.

Curioso también podría ser el camino inverso de la emigración, donde países antes creadores de vallas más altas y muros más anchos, para evitar la entrada de personas que huyen del virus de la guerra, del virus del cambio climático o del virus de la miseria inducida, atrincherando ahora tras sus fronteras a sus conciudadanos, obliguen a éstos a migrar en dirección sur, donde el virus sanitario aún no prolifera, y se encuentren esas barreras de la insolidaridad que durante décadas hemos creado y fortificado.
Seguramente no se llegará nunca a dar ese escenario, lo cual no debe dejar de hacernos reflexionar al respecto, porque en cualquier momento, todos podemos ser migrantes por diferentes causas sobrevenidas y ser tildados de culpables en otra nación, pueblo o región.
La solidaridad no entiende de fronteras, es una cualidad que nos hace humanos. 

Uno de los sectores más afectados por la crisis sanitaria es el de la aviación; la bajada de pasajeros aéreos es brutal, tanto que algunos vuelos han seguido operando vacíos durante semanas, para no perder las empresas sus derechos de salida (SLOTS).En un mundo de locura crecentista cualquier cosa es posible. Ayer sin embargo, la Comisión Europea ha cancelado la normativa de concesión de Slots hasta nuevo aviso, dadas las cancelaciones de vuelos en todo el continente. Ya no habrá tantos "vuelos fantasma", eso que gana el medio ambiente y es claro ejemplo de que cuando se quiere, se puede cambiar la normativa, la ley, la regulación, de un día para otro.

Hablando de medio ambiente, los confinamientos de personas en sus domicilios ordenados en algunos países o regiones, los cierres de escuelas, las recomendaciones del teletrabajo, las prohibiciones de vuelos, o las suspensiones de eventos deportivos o culturales, han derivado en una bajada drástica de emisiones contaminantes, lo cual me lleva a preguntarme si el coronavirus es más, menos o igual de peligroso que la crisis climática , ecológica y ambiental, declaradas oficialmente en muchos ayuntamientos, comarcas, regiones y estados.
¿Por qué a pesar de las recomendaciones científicas para rebajar las emisiones de CO2, nunca se han tomado medidas como las que estamos ahora observando?

El coronavirus pasará, o no, tendrá mutaciones, quizás, o bien será un nuevo virus el que nos azote dentro de unos años como ya lo hicieron otros antes, pero el Cambio Climático es una certeza científica, y nunca gobierno alguno, ha sido capaz de identificar las medidas necesarias para al menos paliar sus efectos.

Es hora de repensar y actuar al respecto, porque como vemos diariamente, tanto Europa como los países afectados, están tomando medidas económicas paliativas ante la situación actual, y por tanto es posible mantener en el tiempo decisiones de calado que cambien profundamente las columnas que sustentan una sociedad que colapsa, y puedan al menos mantener las estructuras socio económicas en pie, antes que el derrumbe, cual fichas de dominó, sea el efecto de la causa.

La economía mundial está en shock porque la globalización de la miseria para mayores beneficios de las grandes empresas, deslocalizó la producción y la aglutinó allí donde los derechos sociales y ambientales ni se regulan ni se cumplen.
Relocalizar la producción en cercanía y generar valor añadido en las comarcas es la solución a corto y medio plazo. 
Porque quizás el coronavirus nos haga despertar de nuestro sueño del crecimiento infinito, observando que la relocalización de nuestra producción, con salarios dignos y condiciones de trabajo justas, es el mejor antídoto ante cualquier crisis, no sólo sanitaria, también ecológica, climática y ambiental. 

La única cura posible para un sistema que colapsa, porque está basado en la utopía del crecimiento infinito en un planeta finito, no es la de crear deuda económica, ecológica y ambiental a las siguientes generaciones (la deuda asciende ya al 330% del PIB mundial), la cura se llama decrecimiento, y se debe convivir con él, generando alternativas para vivir mejor con menos, apostando por el consumo de cercanía, y fomentando medidas que distribuyan la riqueza desde la solidaridad.

No es sólo el coronavirus el problema, es la incapacidad del organismo, para sobrevivir sin producción creciente continuada.

Salir reforzados ante la amenaza, o sucumbir de nuevo ante los mercados y grandes multinacionales, ¿qué preferimos?


martes, 21 de abril de 2020

UN VIRUS RECORRE ANDALUCÍA

(Publicado en La Voz del Sur el 5 de marzo de 2020)

Un virus recorre Andalucía, tiene múltiples mutaciones, no sabemos cómo se contagia pero cada día tiene más incidencia en la población, y el número de afectados o fallecidos se desconoce en muchos casos..

Una mutación del virus se ha denominado miedo, al diferente, al que no se conoce, al que viene de culturas distintas, y su contagio intenta disminuirse desde las administraciones construyendo vallas más altas, muros más anchos, incluso la amenaza del cierre de fronteras es inminente, esas fronteras que encierran más al de dentro que al de fuera, aumentando con ello el riesgo de contagio del miedo en muchos más pacientes, al tener menor posibilidad de conocimiento y contacto con los que desde fuera intentan alcanzar nuestras costas, con resultados fatales en miles de casos desde el primer fallecido, datado en las playas de Tarifa el 1 de noviembre de 1988. Desde entonces, durante casi 32 años, el número exacto de fallecidos o contagiados se desconoce y ha pasado a segundo plano.

Ese mismo virus ha mutado desde el miedo, en otro llamado virus de la insolidaridad.
Esta mutación es aún peor que la anterior, dado que el aislamiento facultativo se produce a través de muros invisibles e infranqueables, con aquellas personas de bajos recursos económicos, o educativos, o de otras etnias, o de otro “status”, y contiene otra cepa llamada virus de la soledad. En plena era de las comunicaciones a distancia, estamos más solos que nunca, solos en nuestros edificios sin conocer ni interactuar apenas con nuestros vecinos, solos en nuestra cotidiana visita a las redes sociales, solos en nuestra vejez olvidados por nuestra propia familia, solos en nuestros trabajos, donde la cooperación en defensa de derechos y libertades queda reducida y aislada a unas pocas unidades descoordinadas, abrumadas por la carga de reclamaciones, señaladas encima por el resto, contenidas en habitáculos estancos para que no se produzcan contagios en el resto de la plantilla, y finalmente expulsados hacia la soledad de la oficina del SAE más próxima. El número de afectados es desconocido.

Existe otra mutación que afecta solamente a algunos gremios, como por ejemplo el de trabajadores del campo, cooperativas agrarias y ganaderas, y pequeños empresarios, que ven como el virus de los bajos precios, echa por tierra todo su esfuerzo y trabajo diarios. La solución del cierre de fronteras a productos que puedan contener el virus de la explotación laboral, o el virus del bajo control aduanero sanitario, o bien el virus de uso de pesticidas y herbicidas prohibidos en Europa, no está aún reflejado en los protocolos de contención de las administraciones, y por tanto, el virus de los bajos precios amenaza con convertirse en pandemia, aniquilando nuestro sector agropecuario.

Otro grupo de alto riesgo es el del profesorado, que lucha para no ser contagiado por el virus de libertad de elección de centro educativo, o por el virus PIN parental, ambos tienen síntomas comunes que permite detectar a los infectados: cercena la libertad educativa, aumenta el estrés entre los docentes, otorga derechos sólo a quienes puedan pagarlos, y destruye años de escuela pública transformadora.

Existen muchos más tipos de virus que acechan diariamente a la población, el virus del empleo precario en el sector del turismo, hostelería y restauración, el virus gente sin casas y casas sin gente, donde más de un millón de viviendas se encuentran vacías en Andalucía y miles de familias no pueden acceder a ninguna, el virus Endesa que a través de su entramado de altos consejeros, cercena la posibilidad de autoabastecimiento energético en Andalucía con sus propios recursos naturales renovables, el virus mala gestión de residuos que colmata vertederos, quema las basuras contaminando el aire que respiramos, y llena de plásticos nuestras playas, campos, bosques, ciudades, ríos y mares, que acaban en nuestro organismo a través de la cadena alimenticia, el virus gestión del agua, que privatiza un elemento esencial para la vida, en beneficio económico exclusivo de unos pocos.

Ejemplos de virus y sus mutaciones, hay muchos más, pero de estos no se habla en los medios de comunicación de masas, y sin embargo, en mayor o menor medida, la tasa de contagio es cercana al 100%, y su mortalidad tiene una alta ratio.

Sigan viendo la tele, que allí les informarán mejor del “virus”.

sábado, 18 de abril de 2020

RESIDUOS O RECURSOS, DESDE LO LOCAL A LO GLOBAL


(Publicado en La Voz del Sur el 20 de febrero de 2020)

Lo ocurrido en el vertedero de Zaldibar, Vizcaya, es sólo la punta de un iceberg del tamaño de España.
La gestión de residuos es una asignatura pendiente, y tal y como se efectúa contamina nuestro aire, suelo y agua, merma la salud de las personas y del medio ambiente, además generando poco empleo.

El derrumbamiento del vertedero con dos trabajadores sepultados bajo los escombros aún desaparecidos, y un grave daño ambiental y social aún sin calibrar, demuestra que no se dispone de recursos suficientes para cumplir de forma correcta con las obligaciones legales adquiridas.

Los fallos en la inspección se acrecientan día a día, y la pésima gestión de los residuos llevada a cabo por las empresas adjudicatarias evidencia falta de control técnico previo.

El vertedero recibía decenas de camiones diarios con apenas dos operarios encargados de su vertido y compactación, algo habitual en todos los vertederos, poco empleoque busca la maximización de beneficios.

Una escombrera diseñada para 35 años de vida útil ha consumido más de la mitad de su espacio de almacenaje en apenas una década.
Trabajadores interinos conforman una plantilla desmotivada y abrumada por la carga de trabajo, sumada a la falta de inspecciones porque los propios inspectores están desbordados, factores a favor para que las catástrofes se acumulen.

No es un caso aislado, desgraciadamente es la norma por toda España, cuando no salen ardiendo de forma sospechosamente continuada, vertederos colmatados de residuos por todo el estado, para “hacer hueco” a más residuos y seguir haciendo caja.

Una apuesta por la economía circular, donde el residuo se convierte en recurso, mejoraría la salud, la sociedad, el medio ambiente y el empleo.

Las propuestas de EQUO Verdes van por ese camino, y se convertirán en realidad más pronto que tarde.

El sistema de depósito y retorno de envases, el quinto contenedor de compostaje con los residuos orgánicos domésticos y de poda, la reducción de producción de plásticos de un sólo uso, la reutilización de todos los productos, la desaparición de la obsolescencia programada, la prohibición de incineración de residuos como "valorización" de los mismos, la minería urbana que recupere metales preciados de nuestros aparatos electrónicos para volver a usarlos, son ejemplos concretos de medidas aplicables ya.
 

Y no es sólo la contaminación por residuos sólidos la que nos lleva por un camino sin retorno hacia la crisis ambiental.

Casi 30 años después de la aprobación de la normativa comunitaria sobre depuración de aguas residuales urbanas, todavía, hay localidades españolas que no cumplen con ella. La falta de depuradoras ha llevado a nuestro país a pagar la mayor multa de su historia a la Unión Europea, más de 37 millones, por infringir la ley.

Defender lo que somos, parte de la naturaleza, no debería ser tan complicado, ¿verdad?

Desde lo local a lo global.

Pero no es así, con recelo te escuchan quienes siguen sin entender que estamos ante un colapso ecológico.

En Rota sigue la fiesta del Brota Música cada verano junto a la playa, zona dunar y pinares, y se alegran sus gobernantes de que cada año vengan decenas de miles de personas, y además lo llaman
¡festival sostenible!

Igual ocurre con festivales de motos, de pizzas, o de cualquier otra cosa que se ocurra, el éxito es que miles de personas se desplacen a visitar nuestra ciudad, por descontado aumentando las emisiones dado el casi nulo transporte público existente, ineficiente y caro, acelerando con dichas elogiadas visitas, el propio hundimiento de nuestra localidad en el océano Atlántico.

Los aparcamientos en verano siguen siendo más baratos junto a las zonas verdes, cerca de playas y pinares, que en otras zonas de la ciudad, atrayendo más tráfico de agitación buscando su espacio libre al lado del hábitat de la especie protegida, camaleón común.

5 millones de fondos europeos se van a usar en convertir una carretera en avenida, en mejorar acerados y viales, y en construir una nueva estación de autobús, pero no hay dinero para depurar las aguas residuales antes de verterlas al mar, ni tampoco hay fondos para apoyar el, aprobado dos veces en el pleno, sistema de depósito y retorno de los envases que inundan nuestras playas, parques, jardines y aceras cada día, ni se pueden poner en marcha los huertos urbanos también aprobados, ni de lejos existe la idea de poner en marcha el quinto contenedor que convierta nuestra basura orgánica en alimento compostable para nuestras zonas verdes.

Por supuesto el ahorro energético gracias al acuerdo firmado con la empresa Ecooo en 2015, no se reinvierte en instalación de paneles solares para producción renovable y autoconsumo, ni por asomo se intuye electrolinera alguna que permita recargar los inexistentes vehículos eléctricos municipales de limpieza, o de transporte, recogida de residuos, policía municipal, o gestión de playas, que deberían haberse programado para sustituir gradualmente a los vehículos municipales de combustión fósil desde hace 5 años.

Pero he aquí que se reúne el Consejo Sectorial de Medio Ambiente, para redactar un documento que ya se presentó por EQUO en el pleno de julio 2019, la Declaración de Emergencia Climática en Rota.

Seguramente todos los presentes abordarán el asunto con la seriedad y compromiso que requiere, las mismas personas que pertenecientes a partidos políticos, plataformas, asociaciones o colectivos variados, llevan años manifestándose y concentrándose para solicitar una autovía que traiga a Rota, más gente, más coches, más bienes, más negocio, más...o menos.

Algunas personas, o muchas, siguen sin entender que ante la emergencia climática, menos es más y mejor, en el presente y sobre todo en el futuro cercano.

viernes, 17 de abril de 2020

YO TAMBIÉN SOY AGRICULTOR


(Publicado en La Voz del Sur el 13 de febrero 2020)

Yo también soy agricultor, porque en estos tiempos que vivimos todo está estrechamente ligado.
Nada ni nadie vivimos en islas separadas del resto, ni podemos ocultarnos en nuestra caverna privada, aunque algunos es lo que predican y quisieran para sí mismos.

Todo es transversal, en un planeta globalizado que se nos queda pequeño, cualquier acción en una parte del mundo, en una actividad, en un proceso extractivo, en cómo se gestionan los recursos o residuos allí, afecta a todas las personas por igual aquí, incluso añadiría, a todos los seres vivos.

Yo también soy agricultor, cuando como consumidor, elijo uno u otro alimento.

Al mirar el etiquetado de procedencia, doy mi voto en forma de dinero, a los agricultores cercanos, a aquellos que son de la comarca donde vivo, intentando huir de los espárragos made in China o Perú, de las naranjas sudafricanas, de las patatas rrgentinas o del aceite marroquí.

Yo también soy agricultor, cuando como consumidor doy la espalda a productos provenientes de regadíos imposibles, esa huerta murciana que produce miles de lechugas diarias que ningún trasvase podrá mantener en el tiempo, esos frutos rojos que desecan los acuíferos de nuestra emblemática Doñana.

Yo también soy agricultor cuando rechazo en la medida de lo posible esas frutas y hortalizas de Aragón que colmatan de nitratos provenientes de la agricultura intensiva las aguas del Ebro, esos productos de la huerta que contienen el grito de angustia de un Mar Menor que fallece ante nuestros ojos, víctima de pesticidas y fertilizantes químicos.

Yo también soy agricultor cuando no elijo productos procedentes de monocultivos de aguacates, que han dejado atrás las múltiples variedades autóctonas de la huerta malagueña.

Yo también soy agricultor cuando rechazo la esclavitud a la que se somete a las personas que recogen las cosechas en los invernaderos almerienses, condiciones infrahumanas en largas jornadas bajo el mar de plástico a más de 50 grados de temperatura, vergüenzas que se reproducen en Huelva con sus fresas de sangre, sudor y lágrimas, de aquellas que no tienen voz.

Yo también soy agricultor cuando rechazo públicamente los tratados de comercio de la Unión Europea con otros estados o regiones del mundo, esos que en forma de embudo, se fabrican anchos para las multinacionales de la alimentación con todos los derechos y ningún riesgo para su inversión, y estrecho para las cooperativas o familias de agricultores que nadan contracorriente en un río de dificultades para llegar a fin de mes haciendo frente a todos los pagos requeridos.

Yo también soy agricultor cuando reclamo una Política Agraria Común (PAC) que premie a quien nos alimenta y no a quienes son terratenientes de tierras en baldío permanente, que apueste por apoyar alimentos saludables, ecológicos, de cercanía, en pequeñas cooperativas o empresas familiares, y no al modelo agroindustrial que además de consumir ingentes y finitas cantidades de agua y energía, contamina acuíferos con fertilizantes y herbicidas, estresando a la tierra de tal modo, que en pocos lustros quedará infértil para las siguientes generaciones.

Yo también soy agricultor cuando no compro ningún alimento transgénico, ni producido con aceite de palma que deforesta vastas regiones de bosques en el planeta con su monocultivo intensivo, dejando huérfana de biodiversidad toda la zona.

Yo también soy agricultor, sí, trabajo un pequeño huerto ecológico al que cuido y mimo, que me cuida y mima, desde la reciprocidad roteña de su mayetería.

miércoles, 15 de abril de 2020

Austeridad, recuerdos de mi infancia

(Publicado en La Voz del Sur el 20 enero 2020)

Austeridad, recuerdos de mi infancia que deseo volver a revivir en mi vejez.

Las personas que como yo peinamos canas, nacidas al alba de la década de los sesenta, lustro arriba, año abajo, guardarán en su memoria muchas de las cuestiones que se abordan en este artículo.
Porque además, daba igual vivir en una u otra región, eran norma común a todos los territorios, y al acerbo que nuestros padres y abuelos habían acertado a construir.

Mi infancia, adolescencia y juventud se circunscriben al lugar donde nací, Madrid, capital de un estado muy distinto a la actual capital del Reino.

Mi entorno familiar de hijo único se componía de un doble matriarcado compuesto por mi madre, viuda a los 39, y mi abuela, a quien la sublevación golpista militar contra la república, dejó viuda a la fuerza de las balas que asesinaron a su marido, mi abuelo que nunca conocí, ni sé aún donde descansan sus restos.
Allá por el 36 o el 37, en tierras salmantinas, con sólo 32 años y tres hijos al cargo, marido republicano fusilado, poco más que decir de las enormes dificultades que tendría en la crianza.

Con estos mimbres, puedo afirmar que tuve suerte y me enseñaron a tejer buenos cestos, construidos a base de enseñanzas valiosas, sin duda la mayor, la austeridad, finos equilibrios económicos con la mínima pensión de orfandad y viudedad, que otorgaba la justicia social de la época, en los setenta.

Guardar era una premisa, aprovechar al máximo cualquier objeto una obligación, reutilizar una obviedad, y reparar todo lo reparable una máxima no escrita.

He de reconocer que el barrio que vio dar mis primeros pasos, no le pareciese al lector la imagen que del Madrid de los sesenta y setenta se tenga en la retina, pero ciertamente La Guindalera, pequeño suburbio industrial entre el opulento barrio de Salamanca, y el Parque de las Avenidas con casas de militares en su mayoría, era un barrio especial.
Por el día lleno de actividad empresarial y económica, por la noche vacío absoluto, sin tiendas ni comercios, casi sin bares, solo uno que ofrecía platos del día a los trabajadores de las fábricas adyacentes al edificio en el que vivía, único residencial en la zona. Al lado del mismo, un terreno agrícola propiedad de un convento de monjas, cuya actividad principal era el cultivo de alimentos del campo y engorde de cerdos para la matanza, que enero tras enero, convertía mi dormitorio en un sinfín de gritos de lamentos porcinos ajusticiados a cuchillo.

Un poco más abajo, la tienda del lechero, que en mis primeros años de vida aún tenía vacas en unos cerros cerca de mi casa, y que nos traía todas las mañanas en bicicleta la leche fresca recién ordeñada, por supuesto en botellas retornables. Cada botella llena tenía su contrapartida con la botella vacía del día anterior. Ay de ti si se rompía por cualquier causa, te caía encima la del pulpo, porque había que pagar el nuevo casco de vidrio al día siguiente. Eso sí, siempre podías aportar algo al recoger botellas que vieras vacías en el recorrido de ida y vuelta al colegio, para llevarlas al supermercado del barrio de al lado y que te diesen una peseta por tercio, y un duro por litro. 

Ir de compras con mi madre era algo obligado, para ayudarla a tirar del mismo carrito que duró lustros.
Ir a la tienda de ultramarinos llevando la huevera de una docena, porque se compraba todo a granel, sí, los huevos también, no solo las legumbres.
También las verduras tenían su hueco en el carro, sin envases por supuesto, y ese bacalao seco que se cortaba con un cuchillo gigantesco en una madera abollada tras miles de cortes realizados por el dependiente, acababa envuelto en papel satinado, que servía como única salvaguarda al resto de alimentos.
El café, en grano, que se molía a mano en la cocina, de poco a poco, para cada taza, conservando el aroma y sabor en perfecta armonía. ¡Qué recuerdos me trae el sonido del molinillo manual haciendo añicos cada grano!

Los yogures, en vidrio por supuesto, se dispensaban en las farmacias antes que en los supermercados, como elemento medicinal para la mejora de dolencias gastrointestinales.

El zapatero del barrio, porque todo barrio tenía su zapatero, arreglaba una y otra vez mis botas del colegio, cercenadas en su punta a base de patadas a latas, piedras o cualquier objeto que asimilaba el esférico de los futbolistas de la época, porque lo de tener un balón de reglamento escapaba a las posibilidades.
Los zapatos del domingo no, esos se ponían sólo para ir a misa, a visitar algún familiar, o dar un paseo, y ¡ay de ti si los manchabas!, igual que los únicos pantalones cortos de “vestir”, porque daba igual verano que invierno, los niños llevábamos pantalones cortos aunque el mercurio bajase de cero grados.

Si por causas naturales de crecimiento, se quedaban pequeños los zapatos o la ropa, siempre había algún vecino, amigo o familiar dispuesto a recibir tu dádiva, y al revés era lo mismo, el trueque era consustancial a la época.

Los libros y cuadernos del colegio envueltos en papel celofán, para que no se estropeasen las cubiertas, con tu nombre a mano escrito al principio, o con el Dymo posteriormente, se guardaban por si era necesario repasar en ese verano, o en el siguiente.

El baño semanal a mi me tocaba los viernes por la tarde, el previo al fin de semana, imagino para lucir limpio y aseado en las visitas, los paseos o la misa dominical.
Eso de ducharse a diario ni era norma ni se consideraba normal, más bien un derroche de agua. Casi tanto como intentar desechar un trozo ínfimo de la pastilla de jabón, que a base de pequeños trozos pegados, se recovertía en una nueva y multicolor, para uso de varias semanas más,

La calefacción en casa era al principio una caldera de carbón, luego se cambió por una  eléctrica, pero ni una ni otra obran un recuerdo especial en mi memoria.
Si dejabas la luz del dormitorio encendida te caía de nuevo la del pulpo, así que es fácil imaginar que la posibilidad de encender uno u otro método escapaban de las posibilidades económicas familiares, por lo que sí recuerdo los jerseys de lana gorda, tejidos por mi abuela, las varias capas de mantas en mi cama, y la eterna sensación de frío en los inviernos de Castilla la Nueva, región a la que Madrid pertenecía y “lideraba”, antes de la transición. 

Y por supuesto, coger el coche que sí teníamos, un Renault 8 de mi padre, fallecido cuando contaba 39 años, quedaba restringido a los viajes en verano a un pequeño chalet a las afueras de Madrid, donde pasábamos los tres meses de vacaciones escolares, eterno estío entre amigos, juegos en el campo y bicicletas al viento. Lugar donde el panadero del pueblo cercano, San Agustín del Guadalix, proveía cada mañana de pan a las familias, que dejaban el dinero en una bolsa en la puerta, para recibir las barras de pan acordadas previamente, donde diferentes furgonetas hacían sonar su claxon avisando de su llegada con verduras, carne, lácteos, aceite e incluso pescado, además del butano, que reponía la bombona si dejabas la vacía a la vista en la puerta de tu casa, con el dinero debajo claro.

Añoranza no, realidad de lo vivido, y que tras observar los cambios ocurridos durante cuatro décadas, estimo y deseo volver a algo similar, apostar por el comercio local, por la confianza entre las personas, por el cariño al panadero, al lechero, a toda persona que ofrecía algo que necesitabas.
Y sobre todo, a no necesitar tanto, porque vivir en la austeridad es consustancial con la riqueza personal, valorar lo que tienes, y convertir el ser por encima del tener, como premisa para transitar hacia otro modelo de sociedad que base en las relaciones humanas su punto fuerte, no en las comerciales sin alma.